Impresiones mínimas sobre la obra de Mark Rothko

El primer cuadro que vi de Rothko es el de la imagen que se puede ver más arriba y su reproducción salió publicada en la muy mediocre revista Ñ en una nota sobre la colección privada de Rufino Tamayo, si mal no recuerdo. Era una foto de un tamaño mínimo en papel ordinario pero reproducía, o al menos daba una idea, la intensidad que Rothko lograba en sus cuadros. Aún hoy tal imagen permanece indeleble.
Los cuadros de Rothko son misteriosos, ambiguos, surgen como estrellas turbias que, aún así, brillan de una manera imperiosa. Su contemplación remite automáticamente al paisaje irracional, primario, de las emociones más profundas, o a espacios habitados por algo que no se llega a entrever del todo pero que se intuye poderoso e infinito (las pinturas de Rothko carecían de marco, lo cual daba la sensación de que lo pintado podría derramarse y que así en el “afuera de la pintura” podrían regir las mismas leyes que en ella y ser habitado por los mismos “dioses y monstruos” que Rothko pregonaba como infaltables para el desarrollo de cualquier tipo de arte).
Varios de sus detractores tildaron a Rothko de repetitivo y monótono pero ninguno de sus cuadros, a pesar de ser concebidos en “series” que quizá usasen colores poco disímiles entre si, remiten a la misma emoción o nos ubican de una misma forma frente a sus diferentes manifestaciones. Quizá nosotros mismos, vistos desde afuera, demos la misma impresión de monotonía o repetitividad de una forma de ser o de relacionarse con el mundo pero uno mismo sabe y conoce las diferentes instancias y los innumerables pliegues y “laberintos” que se dan en el interior de lo que parece ser una misma expresión.
Casi siempre mostrando grandes campos o espacios de color (los cuadros de Rothko eran, algunos, de gran tamaño) interrumpidos por otros campos de una geometría irregular (y a veces también por “líneas”) con colores que se contraponen y que por esa misma contraposición son llevados al límite de su expresividad sus pinturas dan cuenta de un intenso dinamismo y de esos pliegues y laberintos a los que hago alusión más arriba.
Cabe aclarar que, más allá de que el color dominante del cuadro sea, a priori, más “alegre” o claro, o que los tonos usados sean sombríos (como los últimos cuadros que pintó en medio de depresiones) ninguna obra de Rothko perteneciente a sus series de 1950 en adelante, deja de irradiar una cierta violencia.
El mismo Rothko en una entrevista declara:
"Por lo demás, puede aclarar otra cosa: no soy un artista abstracto... No me interesa la relación entre color y forma ni nada por el estilo. Sólo me interesa expresar las emociones humanas más elementales. La tragedia, el éxtasis, la fatalidad del destino y cosas así. El hecho de que muchas personas se desmoronen y lloren al verse confrontadas con mis cuadros demuestra que consigo expresar este tipo de emociones humanas elementales... La gente que llora ante mis cuadros vive la misma experiencia religiosa que yo sentí al pintarlos. Y si usted, tal como ha dicho, sólo se siente atraído por eso es que lo realmente esencial se le ha escapado”

Otra frase que marca a las claras la importancia que tenía para Rothko la comunicación que pudieran establecer sus pinturas es la que expresa simplemente:
“Quiero que el espectador se sienta dentro del cuadro” que remite en su sencillez pero también en su alcance a aquella que quizá sea su idea más difundida, la que expresa que su arte es, o debería ser, “la expresión simple de una idea compleja”.

Rothko era un artista atormentado. De esto dan cuenta sus diversas adicciones y su suicidio, pero más allá de esto, era sobre todo un artista con una profunda idea de las “herramientas” con las que trabajaba y de lo que quería lograr con sus pinturas. Esto se nota al leer cualquiera de las entrevistas que concedió a lo largo de su vida o leyendo, ya sea párrafos aislados o en su totalidad, el libro "Escritos sobre arte".

El primer cuadro que vi de Rothko es el de la imagen que se puede ver más arriba y su reproducción salió publicada en la muy mediocre revista Ñ en una nota sobre la colección privada de Rufino Tamayo, si mal no recuerdo. Era una foto de un tamaño mínimo en papel ordinario pero reproducía, o al menos daba una idea, la intensidad que Rothko lograba en sus cuadros. Aún hoy tal imagen permanece indeleble.
Los cuadros de Rothko son misteriosos, ambiguos, surgen como estrellas turbias que, aún así, brillan de una manera imperiosa. Su contemplación remite automáticamente al paisaje irracional, primario, de las emociones más profundas, o a espacios habitados por algo que no se llega a entrever del todo pero que se intuye poderoso e infinito (las pinturas de Rothko carecían de marco, lo cual daba la sensación de que lo pintado podría derramarse y que así en el “afuera de la pintura” podrían regir las mismas leyes que en ella y ser habitado por los mismos “dioses y monstruos” que Rothko pregonaba como infaltables para el desarrollo de cualquier tipo de arte).
Varios de sus detractores tildaron a Rothko de repetitivo y monótono pero ninguno de sus cuadros, a pesar de ser concebidos en “series” que quizá usasen colores poco disímiles entre si, remiten a la misma emoción o nos ubican de una misma forma frente a sus diferentes manifestaciones. Quizá nosotros mismos, vistos desde afuera, demos la misma impresión de monotonía o repetitividad de una forma de ser o de relacionarse con el mundo pero uno mismo sabe y conoce las diferentes instancias y los innumerables pliegues y “laberintos” que se dan en el interior de lo que parece ser una misma expresión.
Casi siempre mostrando grandes campos o espacios de color (los cuadros de Rothko eran, algunos, de gran tamaño) interrumpidos por otros campos de una geometría irregular (y a veces también por “líneas”) con colores que se contraponen y que por esa misma contraposición son llevados al límite de su expresividad sus pinturas dan cuenta de un intenso dinamismo y de esos pliegues y laberintos a los que hago alusión más arriba.
Cabe aclarar que, más allá de que el color dominante del cuadro sea, a priori, más “alegre” o claro, o que los tonos usados sean sombríos (como los últimos cuadros que pintó en medio de depresiones) ninguna obra de Rothko perteneciente a sus series de 1950 en adelante, deja de irradiar una cierta violencia.
El mismo Rothko en una entrevista declara:
"Por lo demás, puede aclarar otra cosa: no soy un artista abstracto... No me interesa la relación entre color y forma ni nada por el estilo. Sólo me interesa expresar las emociones humanas más elementales. La tragedia, el éxtasis, la fatalidad del destino y cosas así. El hecho de que muchas personas se desmoronen y lloren al verse confrontadas con mis cuadros demuestra que consigo expresar este tipo de emociones humanas elementales... La gente que llora ante mis cuadros vive la misma experiencia religiosa que yo sentí al pintarlos. Y si usted, tal como ha dicho, sólo se siente atraído por eso es que lo realmente esencial se le ha escapado”

Otra frase que marca a las claras la importancia que tenía para Rothko la comunicación que pudieran establecer sus pinturas es la que expresa simplemente:
“Quiero que el espectador se sienta dentro del cuadro” que remite en su sencillez pero también en su alcance a aquella que quizá sea su idea más difundida, la que expresa que su arte es, o debería ser, “la expresión simple de una idea compleja”.

Rothko era un artista atormentado. De esto dan cuenta sus diversas adicciones y su suicidio, pero más allá de esto, era sobre todo un artista con una profunda idea de las “herramientas” con las que trabajaba y de lo que quería lograr con sus pinturas. Esto se nota al leer cualquiera de las entrevistas que concedió a lo largo de su vida o leyendo, ya sea párrafos aislados o en su totalidad, el libro "Escritos sobre arte".
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