jueves, 24 de julio de 2008

Acróbatas (sobre Paranoid Park de Gus Van Sant)



¿Qué es lo que fascina del cine de Gus Van Sant? ¿Qué es lo que provoca que, sin atemperar la distancia, el deambular de esos personajes inmersos en su mundo nos repercuta tanto emocionalmente? Personajes que padecen y ejercitan la incomunicación y la soledad de las que Van Sant da cuenta en sus imágenes implacablemente, pero sin recurrir nunca a una denuncia explícita ni cargando las tintas. Asimismo el malestar generalizado del que da cuenta, ya sea mostrando familias, instituciones, o personas simplemente, todas ellas disfuncionales en el sentido más desolador del término, es el que acentúa la belleza de sus películas. Una belleza sorda, dolorosa (basta recordar las tramas de estas películas). El cine de Van Sant no nos provoca un estado de fascinación por que recurra a un preconcepto de belleza sino porque la muestra ahí donde nunca pensamos que estaría, entre la apatía y la banalidad, entre el solipsismo y una melancolía vaga.
Las largas caminatas de los personajes de Elephant, el detenerse de uno de ellos a mirar el cielo en medio del campus del college donde luego se desarrollará la matanza, la naturaleza desmelenada y el susurro primal de Last Days, el árido paisaje de Gerry y las mismas caminatas.
Filmadas en el silencio, la pausa y el pudor y lejos de toda reminiscencia moral las películas de Van Sant logran que sensaciones paradojales se encuentren en la misma encrucijada. La tensión que emanan todos sus personajes sobresale al mismo tiempo que una extraña angelicidad parece habitarlos.

Paranoid Park es otra entrega notable más desde el regreso provocado por “Gerry”, la película que lo volvió a emparentar con la búsqueda primera de su cine. Esa búsqueda que se daba en films como “Drugstore cowboys” o “Mi mundo privado” y de la que se alejó en esos intentos de mainstream despersonalizado que fueron “En busca del destino” y, sobretodo, “Descubriendo a Forrester”, con la culminación en una “Psicosis” recreada plano por plano según el original.
Van Sant redescubrió con Gerry la orfandad, la incerteza, la desolación y también la belleza de las que carecen justamente las últimas películas mencionadas. Dejó atrás la conformidad de la adultez estereotipada y de filmar para los premios y el reconocimiento, para volver a estar a la par de los personajes a los que mira y a los que nos hace mirar con una extraña mezcla de dolor y cautivación. Y estos personajes son siempre adolescentes (salvo el músico cobainesco, protagonista de “Last Days”, que, aunque no comparte el tiempo cronológico por unos años, sí en cambio comparte la fragilidad emocional y vivencial del resto de sus personajes. No por nada Cobain escribió en indeleble “Huele a espíritu adolescente”).

El protagonista de Paranoid Park es otro de esos adolescentes que podría salir de cualquiera de sus películas. La película va y viene en el tiempo, se ondula en las largas codas de skate que se encabalgan a la narración, se contrae cuando Van Sant filma en primerísimo plano la cara del protagonista (y este es un ítem aparte de la película, la emoción de ese rostro es palpable pero a la vez su expresividad es casi autómata, al mismo tiempo Van Sant capta los destellos de unos ojos que aun tienen el futuro delante pero que se oscurecen por las tensiones internas y externas que los atraviesan. Creo que, en los últimos tiempos solo George Clooney en Buenas noches y buena suerte le saca tanto partido a un rostro en primer plano, extrayendo de él la poesía que lo anima) se dilata en los momentos de soledad del personaje y estalla en el magnífico tramo donde se muestra el accidente del guardia de seguridad y la posterior huida del protagonista, desde una mirada cara a cara entre víctima y ¿victimario? hasta un monólogo de varias voces interiores que se entrecruzan en una escena donde la tensión se hace carne en quien la observa.
Paranoid Park es una película en la cual todos esos “movimientos” invisibles que la articulan, y que en otras películas pasan desapercibidos, se vuelven vitales. Para decirlo metafóricamente: la sangre de la película circula por el espectador. El viento que rodea al protagonista cuando camina hacia el mar por un paisaje desolado, el agua que cae de la ducha sobre su cabeza luego del hecho que vertebra dislocadamente la película, las actitudes banales de la novia y del padre ante temas profundos (vistas desde el punto de vista del personaje) son filmados desde y para una empatía muy marcada con este último.
Así hasta llegar a un final que deja todo en duda. Dicho final corona la falta de respuestas a lo largo de todo el film y prolonga ese estado de interrogación continua. Es un final que se diluye enfocando la misma cara que fue objeto de un estudio piadoso, pero no por eso menos acuciante, durante el tiempo que dura la película.
Como decía al principio el lirismo equilibrado de Van Sant es un lirismo que nos toma por asalto sin dejar de mostrar la aspereza de la que se alimenta.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Chango, Gracias por la recomendación la película es una obra de arte, te felicito por el blog, espero mas entradas, un abrazo Gustavo.

marcos dijo...

gus, no dejes de ver "elephant", esa creo que es mejor todavía. a pesar de algún lugar común.
un abrazo, mamón